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Carta a un padre

Me enseñaste que para vivir debería:
deglutir, apretar los dientes, morderme la lengua.
Dejaste la camisa tendida, la camisa tendida, papá.
Para ti todo era attrezzo, la corbata planchada,
mi nudo en la garganta.
La caricia. Esta mano de niño era una caricia:
ayer la palma abierta en la mejilla,
hoy el destierro dentro de las uñas.
Para curarse basta con leer el prospecto:
por si las náuseas, por si el temblor, por si el ojo cerrado.
Cuando lo tocas,
un crisantemo tiene la textura de la carne humana.
Eso ya no importa.
Ahora me pongo tus camisas.
Ahora todo el peso de las pinzas
sobre mis hombros.

de Adán o nada, Bandaàparte, 2017

Ave y eva

Me resisto a la idea de ser
aquel niño que vivió en mi boca: recuerdo caer al suelo,
hacerme mil pedazos.
La habitación, limpia solo para mí;
la habitación
y este trozo de carne,
estirpe nómada ante el espejo.
Me miro en el cristal
y hay un animal huyendo del fuego,
una jauría con principio de hombre
o un desastre con nombre de niño.
Por eso busqué en el incendio la excusa,
en el aire el pretexto,
por eso me arranco la barba
con la mano que antes me besabas.
No hubo salvación para este pájaro,
juro que hice lo posible para domesticar la espera.
Ahora dejo que la tierra tape los huecos de la piel.
Digo casi no soy
mientras celebro los dos bultos de mi pecho.
Escribo la palabra ave, leo la palabra Eva.
Bajo este cielo ya no hay lengua que me nombre.

de Adán o nada, Bandaàparte, 2017

Geranio

Cada vez que vuelvo a casa y me imagino
abrir la puerta, dejar la llave, gritar tu nombre,
cada vez que vuelvo a casa e intuyo el hambre
otro plato sucio que fregar en la encimera
me acerco a la ventana, riego mi maceta
y te imagino cuidándola
y te imagino hundiendo los dedos
en las aguas turbias de mis generaciones.

Cuántos mares habría dentro de ti, me pregunto,
cuántos mares.
Nos pareceríamos en la torpeza del gesto,
en la lentitud del paso.
Buscaríamos en el geranio los nombres de los padres
que no existieron.
Inventaríamos así nuestra historia,
llamaríamos pan a la tierra mojada
y ensuciaríamos nuestras manos acariciando las raíces:
un ejército de cuerpos enterrados, invisibles
que te hacen cosquillas en tus palmas de niña hambrienta
y solo por un instante sentiría que te he salvado.

Pero cada vez que vuelvo a casa y te imagino
y te intuyo
hay un geranio en mi ventana
que se dobla, que me pide que le riegue,
que me recuerda demasiado a la aridez de dos hombres cuando se quieren.

Si yo

Por la mañana abandono mi sexo.
Al atardecer vuelvo
cuando me desnudo para entrar en la ducha.

Mi madre siempre dice que tengo los hombros de mi padre.
Con el vaho en el espejo el contorno es más ancho, más generoso.
Dibujo una línea recta con los dedos, con la mano la deshago.

En los ojos guardo la tristeza de las muñecas
que jugaron a ser hijas
y que mis padres acabaron regalando.
El agua fría me trae a mi cuerpo,
escondo el pene entre las piernas.

Mamá: ¿a quién me parezco?

Versografía