Poetas jóvenes que debemos leer

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Poetas jóvenes que debemos leer

Hoy en El País se ha publicado un artículo en el cual se sugerían a diez poetas jóvenes del panorama literario español contemporáneo que deberíamos leer. Conforme iban apareciendo los títulos de los libros, me sorprendió enormemente ver que no había ninguno de los que tenía en mi cabeza. Eso me ha hecho reflexionar sobre lo subjetiva y diversa que puede ser la experiencia de lectura poética. Por tanto, y lejos de ser una recopilación exhaustiva, aquí os propongo un escueto catálogo de voces que estimo necesarias, aunque no creo que nadie tenga que decir qué es lo que deberíamos leer o no.

Definir el concepto de poeta joven es también ardua tarea. Es espeluznante, pero el reloj biológico del poeta joven está marcado por los concursos, que nos ponen despiadadamente como fecha de caducidad para ser unos yogurines los 35 años. Por estas razones, he incluido a autoras y autores que aún no han cumplido los 35 años en 2016. Aquí mi propuesta y un poema de cada persona.

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Berta García Faet, 1988 

Daño nº 18

Creer que estás embarazada

Querer sexo (querer que quieran sexo
contigo) pero pasar el viernes sola

Ponerte en el pellejo de la hermana de Celan
que nunca apareció

Ver llorar a un anciano
que ha visto un reportaje en la televisión pública
sobre el abandono de ancianos; su triste párpado
de repente
chasquea

Ir al ginecólogo y decir
creo que estoy embarazada

Desmayarte de nervios y dolor; el doctor te hipnotiza
con su insulto feroz “no sé por qué, querida,
te duele tanto este dilatador: es
para vírgenes”

Decirle a tu madre
he ido al ginecólogo
porque creía que estaba embarazada

Ah, ¿ya mantenéis relaciones sexuales completas?
Y sin precauciones, estoy decepcionada

Ver que tu madre está decepcionada tu
madre está
decepcionada

Ponerte en el pellejo de Celan
que jamás encontró a su hermana
imaginaria

Ponerte en el pellejo de Giséle porque
Celan intentó estrangularla porque
jamás encontró a su hermana
imaginaria

Querer gustarle pero él te dice
si quieres vamos a mi cuarto o a tu cuarto

Lleváis apenas 10 minutos
con los besos no te fías
de él

Querer sexo pero no fiarse
Ah, ¿Pero querías algo auténtico?
Y sin precauciones, estoy decepcionada

Me dijiste que tenías el corazón atado
al tobillo

Lo siento lo solté un momento me dormí
y se me escapó

Es un desobediente
Muy mal muy mal pídele perdón al chico

Perdón

chico

de La edad de merecer (La Bella Varsovia, 2015)


David Leo García, 1988 

 

Agua corriente

Tanto arreglar grifos para ver correr el agua, el agua
que riegue tu simbología de las cosas que perecen, el agua
que preste agua a tu sed incalculable, el agua
que te ayude a mirarlo todo por vez primera,
como si no hubieras pestañeado jamás,
como si los objetos hubieran dejado de inventarse,
esperando, no ya ser hasta siempre, sino haber sido desde siempre, agua
para comunicar tus órganos, para limpiarte el cráneo y convencerte
de que no eres objeto ni lavabo y convencerte
de que tienes que cumplir tus días de hombre, agua
para beber, para procurarte una eternidad,
como si ser eternos nos eximiese de ser torpes,
como si por ser eternos no se nos fueran
a estrellar los vasos de agua contra el suelo.

 

 


Sara Torres, 1991

Dijiste

esa roca se precipita por la grieta hacia el barranco
esa roca es el fastial la más elevada
la estrella irrecuperable de la cúpula

Esa caída la vas a llorar
dijiste
sin compasión sin miedo con una paciencia infinita

de Conjuros y cantos (Kriller71, 2016)


Alejandro Simón Partal, 1983

 

Sin título

Se construye la realidad de prioridades:
el objeto abriendo paso al deseo
entre el jaleo de la carne,
la orilla precediendo al hundimiento,
un cuerpo donde te proclaman rey
hasta donde alcance la vista.
Sólo en la realidad las prioridades
encuentran oficio.

Tiene que existir un lugar
donde todo este empeño
no sea necesario, donde
reviente el clamor
con el solo motivo del clamor.
Tiene que existir este sitio
donde el placer no precise referéndum,
donde lo que siento no nazca
de una herencia:

allí dejarán los hechos
de ser inevitables.

de Los himnos abdominales (Renacimiento, 2015)


Rosa Berbel, 1997

Dejà-vu

Vuelves con lentitud a los catorce años.

Eres la que aprende que su cuerpo esconde
mecanismos de defensa,
que su cuerpo es torre medieval
y no se achanta ante los golpes de invasores
y no se rinde ante la persistencia y el roce
y las guerrillas en el vientre.

Eres la misma que elige con cuidado
los nombres de las cosas cotidianas,
las cosas peligrosas,
la que interpreta los gestos de los hombres
desde la distancia: aquí el beso /
aquí el anillo / aquí la misericordia.

Amplías con pasión los dominios del verbo,
confías en que la mentira esté justificada
solo en caso de que el poema no resulte
verosímil. Pero el dolor
no es útil, el dolor no sirve ni siquiera
cuando el ritmo está perdido.

Eres la que extrae con cautela la ternura.
La que aprende a dejar de tener hambre.
La convulsa ante el terror de las guerras lejanas
la que grita ante el maltrato del novio
y se posiciona siempre
en la trinchera del frágil del roto
del imposible.

Vuelves con lentitud a los catorce años.
Te abalanzas sobre la herida
para reivindicarla.

de Supernova (Bandaàparte, 2016)


Carlos Catena, 1995

 

Ahmed y Layla

En Raqqa, capital del Estado Islámico, a 29 de junio de 2014

cayó la noche sobre nosotros:
Abu Bakr Al-Baghdaddí lanzó desde los minaretes kilómetros de tela
ahora el burka cuelga de tus aristas
ahora el burka ha expulsado al hombre del paraíso
el hombre que no cabe bajo tu vestido
ha aprendido a identificar tus huellas en la arena del mercado
tus bordados y tu color negro son los más elegantes del califato
reconozco tus andares en la tela oscura:
allí donde antes sonreías al frutero ahora aprietas el paso
porque hay cabezas sin cuerpo en lugar de farolas
oh Layla
echo de menos tu frente tus manos tu nariz
oh Layla
tengo miedo de pedir tu mano
quizá Mahoma se enfade por perder a la más hermosa de sus siete vírgenes
pero pediré tu mano Layla
y si tu padre dice que sí
jugaremos a ser dos actores americanos de claros cabellos
de los que se besan y de noche duermen tapados allí en las tierras del frío
Layla quiero ir contigo a ver el frío
tiritar juntos bajo los neones de la noche infiel de Occidente
mientras conseguimos los visados falsos para huir del califato
te enseñaré a decir te quiero en inglés
y si nos detienen en la frontera volveremos a Raqqa sí pero te juro
que regiremos nuestra casa por normas occidentales
en la trastienda tengo el vodka que olvidaron los comunistas en la invasión
y bajo nuestro colchón un disco duro de películas que olvidaron los yanquis
todo para ti Layla
todo para ti mi Sherezade mi hígado mi Alá
mi Mahoma

 


Sofía Castañón, 1983

Poética

Hay una máquina de CocaCola
en la antesala de la mina.

Mina
no es una metáfora.
Mina
es el carbón en la frente
y el sudor en las manos.
La mina de mi abuelo. Puede
que también de tu abuelo.
Mina negra. Mina grisú.

CocaCola
es lo que aparece en la caja
de luz donde los hombres se cambian
y cambian palabras -porque
así no piensan- y esperan
sin céntimos
para la máquina.

En la antesala de la mina
no hay ninguna metáfora.
Hay una máquina de CocaCola
muy luminosa y muy blanca.

Y nadie la toca.

de Hankover/Resaca (Caballo de Troya, 2008)


Cristian Alcaraz, 1990

Canino

He salivado como un perro
–descendiente de Pávlov
con la boca repleta de moscas–
todas las veces que asoma y procura un encuentro.
Me he saltado todas las señales de STOP!
con el objetivo de que un coche me estampe hacia la izquierda
y volar.

He llamado al sol infierno y al calor autoestima.
He cortado la piel que me sobra de la oreja
para sentirme un poco más usado.

Escucho por placer el ritmo de otros testículos
golpeándome

y bailo

ti-ro-te-a-do.

de La orientación de las hormigas (Renacimiento, 2013)


María Sotomayor, 1982

Sin título

Volveremos a estar juntas
para hablar de nuevo con estas voces nuestras
de carne y estómago
y no con los demonios de tus noches
de esas noches tuyas de pájaros en las caderas

cuando volvamos nosotras
a estar juntas y prender el verde
y el fuego para calentar la leche
y a oscuras sentarnos para toquetearnos los bordes
para ser negras, para beber de las manos
como insectos salvajes de nuestro lado más temible

alzaremos el cuello para contar los aros
en ese instante sublime
de olvidar la palabra que utilizaron para nombrarnos

de La paciencia de los árboles (LeTour1987, 2015)